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Subirse a lomos de un tigre



Existe un proverbio hindú que dice: “el que cabalga un tigre no se apea fácilmente de él” y en torno a esta metáfora gira este artículo.

¿Cuántos nos preguntamos a lo largo de nuestra existencia si lo que hacemos es lo que queremos? ¿Cuántos tenemos la posibilidad de transformar nuestro tiempo en dinero haciendo lo que nos apasiona? ¿La suerte existe y el mundo gira alrededor de una especie de juego macabro en el que unos tienen más y otros menos por puro azar?

No sé cómo responder a esa última pregunta y supongo que lo único que puedo hacer es aceptar lo que me toca con la mayor sabiduría posible. Ésta es la clave y llegar a ella es lo realmente difícil pero vamos a centrarnos en el primer paso que es más fácil, tomar decisiones.

Las decisiones nos caracterizan. Hay veces que elegir es tan difícil “a priori” como saltar al vacío pero lo cierto es que decidir es lo que nos empuja hacia uno de los mejores lugares, el conocimiento propio y la confianza.

No es tan importante el resultado como el hecho en sí de dar el paso y optar por una opción u otra. Lo peor que puede pasar es que te equivoques y salvo que te dediques profesionalmente al conflicto real, la muerte no va a ser el resultado de una mala decisión.

Elegir requiere de coraje y determinación para lo que viene después, las consecuencias. Son éstas las que nos frenan la mayoría de las veces. Lo interesante de este punto es saber a qué parte de uno mismo frena. Es un miedo real porque las consecuencias ponen en peligro nuestra supervivencia o es nuestro ego que se siente amenazado por la posibilidad de salir de una comodidad ya establecida, de hacer daño a alguien o de dejar de ser la persona que se espera que seas.

El primer paso es escoger y después, sorpresa. Tras un momento de intensidad pre y post-decisión llega el bajón. Surgen dudas y aparece un nuevo horizonte por delante. Uno que suele ser proporcional a la importancia de la elección.

Digamos que una vez tomas determinada decisión que tenga que ver con tu futuro o contigo mismo, te subes a lomos del tigre. Lo que significa entre otras cosas, que decides cuando subir pero no cuando bajar. Depende de lo grande que sea tu decisión y de las consecuencias que ésta traiga consigo deberás aprender a cabalgar un tigre que puede que sea más peligroso de lo que te creías. No tiene por qué ser fácil.

Todo es perfecto tal y como es. A pesar del miedo que puedas encontrar durante la marcha debes recordar por qué te subiste y cómo te subiste. A fin de cuentas no es más que una metáfora que está en tu mente y cada uno es libre de establecer el personaje y el escenario que prefiera.

En el arte de la guerra de sun zu se dice que para obtener la victoria en una batalla debes conocerte a ti mismo y conocer a tu enemigo. Si sólo te conoces a ti pero no a tu enemigo tienes las mismas opciones de sobrevivir que de morir y si no te conoces y tampoco conoces al adversario, lo normal es que mueras.

Al enfrentarnos a una disyuntiva importante sucede exactamente lo mismo. Antes hay que reflexionar. Lo suficiente como para visualizar las posibles consecuencias, las buenas y las no tan buenas pero no tanto como para quedarnos a las puertas paralizados.

Una vez alcanzado el punto de ver los posibles escenarios resultantes llega el momento y es habitual que surja la inseguridad. Dudar por definición significa no estar seguro. Esto es bueno en cierta medida porque si no dudáramos seríamos como un “kamikaze” contra nosotros mismos y seguramente contra los que tenemos cerca.

Después de una buena reflexión, ¡decidamos! Olvidémonos de las consecuencias y de todo lo que hemos visualizado en el momento de la iniciativa y simplemente saltemos al vacío.

A la hora de saltar al agua en la piscina, estando ésta algo fría, mi abuelo siempre me decía que cuanto más lo pensara sería peor. Es cierto que va a estar igual de fría antes o después. Al entrar al agua vamos a tener que lidiar con la temperatura seguro pero depende de nosotros cuánto queremos alargar el sufrimiento.

Una vez estando de viaje, pasé por un pueblo que no tenía nada de especial salvo una pintada mal hecha en una fachada que decía; “la de cosas que perdemos por miedo a perder”. El miedo a sufrir, a equivocarnos o a perder nos hace sufrir, equivocarnos y perder más aún.

Mucha gente busca una estabilidad general en su vida que les garantice una tranquilidad existencial. Desde mi punto de vista, lo único en lo que podemos confiar es en estar preparados, en nuestra capacidad de sufrimiento y superación. Todo lo demás es ciencia ficción porque la seguridad y la certeza no existen. La vida puede cambiar en segundos.

Estamos hechos para movernos, para la acción. Una vida sin movimiento es una muerte. Evidentemente habrá mucha gente que lo que quiera sea permanecer lo más quieto posible y dejar que la vida pase y es perfectamente loable.

En mi caso prefiero vivir la vida acorde con las leyes de la naturaleza donde impera el cambio, la adaptación la muerte y el renacimiento. Oponerse a estas leyes es oponerse a la vida, a nosotros mismos.

Cuanto más te resistes a lo que pasa, tal y como pasa, más sufres. Subirse a lomos de un tigre no es lo mismo que meterse en la jaula con él. En el segundo caso la pregunta no debe ser cómo salir sino cómo has llegado a entrar.

Actualmente uno de mis mejores amigos está subido a lomos de un tigre y por él escribo estas líneas. Se ha convertido en un ejemplo que admiro y que respeto. Ahora, gracias a su valentía me ha enseñado no sólo que hay que lanzarse sino que lo que más ayuda a la gente que quieres es dar ejemplo.



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