Quién eres?



¿Quién nos enseña cómo interpretar la realidad? ¿Por qué unos conceptos y no otros? ¿Existe la posibilidad de que genéticamente tengamos predisposición a escoger unos u otros, a tomar decisiones concretas?

¿Si existiera tendríamos alguna posibilidad de cambiar nuestra realidad o estamos condenados a repetir los mismos errores y tomar las mismas decisiones una y otra vez obteniendo siempre los mismos resultados? ¿Qué necesito para poder romper patrones de conducta que se manifiestan de forma insospechada sobre todo en situaciones de estrés?

Estas preguntas me dan vueltas a la cabeza desde hace tiempo. Por suerte he podido pensar en este tipo de ideas porque vivo muy bien. He tenido la ventaja de nacer donde he nacido, tener la familia que he tenido y no tener más preocupación que saber lo que habrá de comer.

Gracias a la vida que me ha tocado puedo tratar de saber cómo son mis reacciones en profundidad, saber de dónde vienen y cómo afectan a mis decisiones. Está claro que si algo he aprendido a lo largo del camino es que cuando ganas no piensas nada y disfrutas dejándote llevar. Cuando pierdes, algo se rompe en el interior si trato de resistirme al hecho inamovible de lo acontecido, sufriendo en vano. Sigo sin entender que al perder se abre la oportunidad de aprender, de reflexionar y de lo más difícil que es aceptar.

Quizá comprender que a veces ganas y otras aprendes sea dar un paso más hacia la salvación, hacia la libertad. Quizá conocernos a nosotros mismos sea el pasaporte para la vida plena y la paz.

Si cada uno de nosotros hiciéramos el viaje hacia el interior que hay que hacer para descubrir quiénes somos y viéramos nuestra miseria, nuestro lado oscuro, quizá entonces empezaríamos a entender y aceptar el lado oscuro de los demás. Puede que la verdadera revolución pacífica sea individual y si todos nos trabajáramos personalmente para poner luz en nuestra oscuridad quizá entonces colectivamente lográramos cambiar la sociedad, la política, las relaciones y estaríamos más cerca de convivir con el planeta con más armonía y paz.

A veces me pregunto cómo sería si hubiera nacido en otro lugar menos favorecido, cómo habrían sido mis decisiones. La idea de saber con bastante seguridad que mi vida está garantizada de alguna manera me ha vuelto más débil. Quizá la búsqueda de estímulos que me hagan sentir vivo, estar aquí y ahora son la consecuencia de una vida demasiado fácil.

Sin embargo, gracias a haber experimentado el presente a través de ellos he descubierto qué se siente al conectar con la vida y resulta que se puede conseguir sin más estímulo que tu respiración y que la clave está en nuestros sentidos. Percibir el entorno tal y como es, sin juzgar nada, aceptando todo, ser parte del ahora en el que esté, ser el momento.

Desde luego está en mi mano determinar cómo va a ser mi día y a pesar de ello no existe ningún control, siendo la incertidumbre la reina de la vida. “Simplemente ámala” como dice la canción. Quizá por eso al abrir el corazón a lo desconocido aparece lo que realmente soy y aquello que intento controlar se convierte en un espejo de mi propio ser, un maestro.

Volverán las dudas, volverá el miedo y volveré a querer tomar las mismas decisiones que me han llevado a cometer los mismos errores una y otra vez pero la diferencia es que ahora me veo venir. Sé de dónde vienen y por qué y eso me permite comprender que mi paz interior sólo depende de mí.

El objetivo que persigo de forma constante en el día a día es ser libre, libre de mí mismo. He aprendido mucho a lo largo de este recorrido. Sin embargo vuelvo a tropezar con la misma piedra una y otra vez, yo. “Nada ni nadie puede dañarte tanto como tus pensamientos” decía Buda y parece bastante razonable la idea ya que podemos experimentar a menudo esta sensación de vacío, dolor o frustración cuando nos resistimos a las circunstancias tal y como se presentan.

Lo único sobre lo que he obtenido cierto control a lo largo de este proceso de aprendizaje que es la vida, es sobre mis propias acciones y no siempre he sido el dueño absoluto de ellas. Los pensamientos son como las olas del mar, impredecibles. Lo único que puedo hacer es estar preparado para que a pesar de que los pensamientos dirijan las emociones que en forma de energía mueven mis decisiones, entienda que no son más reales que el sueño del que me despierto cada día.

Quizá a través de la imaginación y de la voluntad podamos ser capaces de reproducir en nuestra mente la realidad tal como sucede a nuestro alrededor más próximo. Mi vaso de agua, mi lámpara, mi perro aquí conmigo, la música, mis manos y yo sentado en el ordenador escribiendo estas líneas. Soy este momento y lo que me está haciendo sentir. Quizá nuestras decisiones determinan quiénes somos en cada momento y quizá no existan momentos corrientes porque cada uno es único e irrepetible.

Puedo hacer de cada instante un auténtico sufrimiento si lo contamino con el veneno de la mente. Por otro lado tengo el poder de hacer todo lo contrario. Tengo el poder de cambiar ese patrón aceptando, eligiendo y estando presente.

Todos tenemos dentro un maestro que sabe en todo momento cuándo estamos o no en el camino correcto, escucharle o no es decisión propia y no siempre es fácil. Lo único que hay que preguntarse es qué le falta al momento, cómo me siento en este mismo instante observando a mi alrededor.

Depende de nosotros ser coherentes con lo que somos y somos lo que somos por las decisiones que tomamos. Nuestras elecciones nos determinan y a la vez estamos determinados por ellas.

Quizá el cielo sea vivir en plena coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos a pesar de que ello conlleve entender que al igual que en la jungla hay cocodrilos entre nosotros hay depredadores y si son coherentes con su naturaleza, serán peligrosos.

Quizá el infierno esté también aquí entre nosotros y se manifiesta cuando nos resistimos a la realidad tal y como se presenta, cuando nos resistimos a lo que somos.

Puede que sea fácil vivir en un cielo cuando la realidad de tu alrededor es pacífica y agradable. Pero quizá también es más fácil conocer el infierno cuando son tus propios pensamientos los que se apoderan de tu percepción de la realidad y tratas desesperadamente de controlar fuera lo que siempre ha estado dentro.

Quizá lo único que necesitemos sea conocernos más y responder a la verdadera cuestión;

¿Quién soy?



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