Espíritu incansable

Hace unos días estaba quemándome al sol en una playa de África donde la vida era de otra manera, tenía novia y no sabía qué iba a pasar al día siguiente. Hoy estoy en Madrid tomándome un té caliente porque ha caído la nevada del siglo, no podemos prácticamente salir ni relacionarnos unos con otros, mi novia ya no está y sé con mucha probabilidad lo que va a pasar mañana y pasado. Estoy agradecido por el contraste, por otro lado porque la experiencia es un grado.

Creo que en el tercer mundo se vive el presente. No es porque tengan más desarrollado el tercer ojo, o crean en una filosofía zen que les mantenga conectados con el momento. Es la necesidad. Lo que siento ahora estando aquí es que nuestras necesidades básicas están cubiertas, en algunos casos de más. Tenemos poco de qué preocuparnos para con nuestra supervivencia y sin embargo los casos de depresión, ansiedad y cuadros de estrés siguen aumentando.

Llevo pensando desde que he venido que me encantaría encontrar un equilibrio entre vivir el absoluto presente y el tener una visión de futuro que se basara en el ahora, en estar preparado sin más preocupación.

Los medios de comunicación no dicen más que cifras, hablan de muerte y de distancia pero aún no he escuchado a nadie hablarnos de la vitamina D o de cómo potenciar el sistema inmune. El bombardeo televisivo es alarmante y siempre negativo.

Mi sensación viniendo de fuera y con el contraste situacional es de que esto es un apocalipsis. El miedo determina muchas acciones de la vida diaria, como aquella mujer que corría por el Mercadona con 10 barras de pan…

No creo que la solución sea hacer como que no pasa nada y muchas familias están sufriendo verdaderos dramas. Lo que me pregunto es, la restricción de la movilidad es la verdadera solución o se podría tratar de dar más información acerca de cómo potenciar la salud y afrontar este problema desde otros ángulos?

Afrontar la muerte como parte de la vida es quizá la asignatura pendiente desde hace un tiempo. Desde que vivimos tan bien que buscamos la manera de prolongar la existencia hasta lo que deja de ser natural. Quizá otra gran lección que podrían dar en el colegio o en los medios es que nada es para siempre, que todo es efímero y que quizá eso sea lo que le da tanto valor a la vida. El titular sería: “Todos vamos a morir”. Desde luego no vendería muchos ejemplares mi periódico.

La verdad es tozuda y como dijo el otro día un sabio que conozco; “lo que caracteriza a la vida desde que naces hasta que te mueres es, cómo vives”. Elegir siempre ha sido sinónimo de libertad y ahora curiosamente ésta se está viendo afectada. A cualquiera al que le hable de esto me reprocha a través del miedo con estadísticas y cifras de muerte pero pocos saben decirme la letalidad real del virus o de dónde salen los números.

No pretendo decir que no existe. El problema es global y real. Lo que estoy haciendo es escribir primero para desahogarme, para compartir mi opinión con todo aquel que sienta algo parecido y porque creo que es muy necesario que nos informemos mejor.

Nadie va a fomentar la salud por nosotros y desde luego nadie nos va a dar la clave para saber qué hacer si tenemos un pariente en el hospital o si otro muere sólo en la UCI. Son momentos difíciles para todos pero no nos dejemos intimidar por el exceso de información negativa, por el virus ni por nada. Vivamos con orgullo y sobre todo con respeto por la manera de vivir de cada uno, siempre que no impida la libertad de los demás.

La esperanza es que esto no es para siempre. Vendrán tiempos mejores y espero que todo esto nos sirva para darnos cuenta de lo importante que es el contacto humano, la vida y también la muerte. Aceptar es el gran reto. Cuanto más dolor seamos capaces de superar más calidad le vamos a dar a la vida.



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