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El Congo

La vida es un constante fluir de momentos. No siempre se desarrollan con armonía esos cambios entre los buenos y los malos y no obstante, existe ese devenir inevitable. Unas veces bien y otras mal, esa es la realidad.

En mi caso, dentro de mí zona de confort encuentro mucha seguridad, control y paz. Siento que soy el dueño de mi vida, de mis actos e incluso de las circunstancias, siendo esto último absurdo. He tenido la oportunidad de salir completamente de esa zona. Me he ido dos meses a vivir a la República del Congo.

Un país que lucha por desarrollarse y convertirse en algo parecido a lo que vivimos aquí y sin embargo muy lejos aún de parecerse. La vida allí consiste en un presente total fruto de la necesidad y la supervivencia que han imperado desde hace décadas. “Aujourd´hui est aujourd´hui demain est demain” que en español significa literalmente “hoy es hoy, mañana es mañana”. Si puedes comer comes, si puedes dormir duermes y si puedes ducharte, te duchas. Así se vive allí. No se paran a analizar el por qué o el futuro porque son más conscientes de que el futuro no existe. No por una cuestión filosófica zen de iluminación personal. La naturaleza salvaje domina el entorno y de alguna manera está presente en la actitud de las personas. La vida y la muerte son protagonistas absolutos. Es pura supervivencia y pura vida.

Para una mentalidad de persona europea, privilegiada de nacimiento, con una vida fácil, como es mi caso, el contraste ha sido gigantesco.

He aprendido que el control no existe y que tratar de doblegar a mi voluntad la situación sólo ha hecho que aumente el estrés con la consecuencia directa sobre mi salud mental y la de los que tenía alrededor.

En esas circunstancias tener un apoyo es algo fundamental ya que de otro modo la sensación de soledad y de no poder huir alimentan más el miedo, la incertidumbre y en definitiva mi parte más oscura.

Una parte oscura que tiene consecuencias sobre mi vida que no me benefician para nada y que además para poder hacerla cada vez menos oscura, tengo que aceptar. Una vez que acepte esa parte de mí podré decir que he vuelto al camino, que puedo volver a construir mi zona de confort en un nivel superior.

Ahora he vuelto a casa y me encuentro un contraste que aún no he podido digerir. He vuelto a mi hogar, donde se supone que me tengo seguridad, certeza y paz y sin embargo me encuentro una situación generalizada de miedo e incertidumbre, una helada que me obliga a quedar en casa y un virus que sigue empeñado en que no salgamos de casa y sigamos preocupados por el futuro sin poder vivir el presente juntos.

Entiendo que todo pasa por algo y que mi aventura en África no ha terminado aún porque con el paso del tiempo se irán posando los recuerdos, las vivencias, tanto malas como buenas y podré sacar las conclusiones que me harán evolucionar como persona. Ampliar la zona de confort a través las experiencias es lo que hace que cada vez seamos más capaces de vivir la vida con armonía y felicidad.

Estando en la selva, luchando por sacar el coche del lodo un hombre del pueblo cercano me dijo: “hay que vivir la vida en el presente pero con un plan. Si sólo vives el presente y no piensas nada más, eres igual que un animal”.

Ese hombre, ese día, me dio una gran lección porque además a mí, el hecho de tener el coche atascado me producía ira, rabia y preocupación. En lugar de centrar la atención en solucionar el problema mi energía se contaminaba por momentos por culpa de mis propios pensamientos que hicieron que tuviera que resolver dos problemas, el coche y mi actitud.

Desde luego aún tengo mucho que aprender de mí mismo porque tengo aún mucho que aclarar o articular en mí. Sigo siendo reactivo y ponerme a prueba en este sentido es lo que me da la oportunidad de darme cuenta.

Estoy profundamente agradecido por la experiencia que sin duda me va acompañar toda la vida. He dado clases de artes marciales a gente que pareciendo de otro planeta por su cultura y sus creencias, en esencia era igual que yo. En clase tenían los mismos roles que aquí, luchando tenían los mismos miedos que aquí y entrenando teníamos las mismas debilidades y limitaciones que se podían mejorar con más práctica.

He creado vínculos con personas que siempre van a estar ahí. He dejado una parte de mi corazón en el Congo y eso es algo que nadie me va a poder quitar nunca. Lo que he hecho lo he hecho lo mejor y lo peor que he sabido porque bajo las circunstancias adecuadas y con el estrés pertinente lo que sale a la luz es todo lo que eres. De forma auténtica he sido buena y mala persona, he sido humilde y soberbio, he sido cariñoso e insoportable. He sido yo mismo.

Ahora me toca aceptar lo que soy tal y como soy. Aceptarlo con orgullo y elegir vivir con esa actitud tan envidiable de presente siendo consciente del futuro, no empequeñecer por la inseguridad y afrontar la adversidad sabiendo que es la mejor maestra.

De momento me quedo con que haber vivido allí me ha hecho darme cuenta de cuánto tengo que aprender, de cuánta humildad es necesaria para ser mejor persona y de que salir de la zona de confort es duro pero necesario en el camino que he elegido, el camino del guerrero.


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